LUIS EDUARDO PEREZ MURCIA: “DESPLAZADOS POR LA VIOLENCIA: EN BUSCA DE UN LUGAR LLAMADO ‘HOGAR'”

Desplazados por la violencia: en busca de un lugar llamado ‘hogar’

Luis Eduardo Perez Murcia**

 

Las facilidades y avances tecnológicos que caracterizan al mundo moderno permiten que viajeros y personas de negocios no solo anochezcan en un continente y amanezcan en otro, sino que además puedan experimentar el sentido de hogar mientras viajan. El aeropuerto, la habitación de un hotel o el vagón de un tren pueden perfectamente ser el hogar de quienes viajan por trabajo o simplemente como forma de vida.

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La experiencia de quienes tienen que abandonar todo porque sus comunidades fueron bombardeadas, sus familias asesinadas o desaparecidas o después de haber sido víctimas de atroces crímenes como la violencia sexual y la tortura, sin embargo, puede ser muy distinta. Mientras viajeros y personas de negocios pueden volver a ‘casa’ según su voluntad, para aquellos que huyen de la violencia el ‘volver a casa’ puede no ser una opción por largo tiempo. Muchos de ellos no solo pierden el sentido de estar física, social, cultural, emocional y existencialmente en ‘casa’ sino que tardan años, décadas, e incluso generaciones, en busca de un lugar llamado ‘hogar’.

¿Pero qué es lo que hace distinta la experiencia de un viajero a la de aquellos que huyen del conflicto y la violencia? Para entenderlo tal vez valdría la pena que nos preguntáramos por un momento cómo cambiaría nuestra vida si grupos armados llegaran a nuestra casa, asesinaran y violaran a parte de nuestra familia y nos obligaran a dejar el espacio que conocemos y en el que nos conocen y todo por cuanto hemos trabajo en toda nuestra vida. Desafortunadamente, esta no es una pregunta que millones de personas que huyen de la violencia dentro y fuera de las fronteras de su país, más de seis millones de ellas en Colombia, tengan que imaginar. Para muchas de ellas se trata de una experiencia real, traumática y profundamente dolorosa.

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¿Pero en qué consiste la experiencia de la migración forzada? Por décadas los estudios sobre desplazamiento forzado se han concentrado en la pérdida de bienes materiales y el consecuente riego que enfrentan refugiados y desplazados internos de quedar atrapados en la pobreza. En parte por ello, no solo tendemos a ver a refugiados y desplazados como una masa de personas pobres sin identidad, sino a concentrar las intervenciones humanitarias en la provisión de bienes y servicios, especialmente techo, agua y comida, y los programas de ‘soluciones duraderas’ en la compensación de los bienes materiales usurpados o abandonados, la generación de ingresos y el retorno a ‘casa’.

Sin desconocer que la mayor parte de las personas que huyen de la violencia experimentan una caída sustancial de su ingreso y un alto riesgo de quedar atrapado en la pobreza, las historias de vida de personas internamente desplazadas en Colombia sugieren que el desplazamiento forzado por la violencia supone una pérdida mucho más fundamental: la pérdida de un lugar llamado ‘hogar’. Inspirado en las ideas de Hannah Arendt, cuya investigación parece estar más vigente que nunca dada la magnitud de la llamada ‘crisis migratoria’ en Medio Oriente, Norte de África, Europa, Sur y Centro América, mi investigación sugiere que la pérdida de un lugar llamado hogar y las dificultades para reconstruirlo después de las experiencias de conflicto y desplazamiento, constituyen la esencia de la experiencia de ser un migrante forzado.

¿Pero cuál es el significado de perder un lugar llamado hogar? Entrevistas a profundidad con personas que huyeron de sus comunidades entre 1980 y 2010 en Colombia después de sufrir actos de violencia como tortura, asesinato o desaparición forzada de padres y familiares, reclutamiento forzado por parte de actores armados ilegales y/o violencia sexual, sugieren que el hogar es un espacio multidimensional en el que las personas encuentran sentido y oportunidades para satisfacer sus necesidades materiales, sociales, culturales, emocionales y existenciales. El hogar, dijeron algunas personas, es el lugar en donde se encuentra uno mismo; es el lugar donde el ‘individuo encuentra su alma’ y el ‘alimento espiritual’ para levantarse cada día. La pérdida del hogar para muchos de ellos y ellas supone la pérdida de un lugar en el que se encontraban material, social, cultural, emocional y existencialmente inmersos. Parafraseando a Hannah Arendt, la pérdida del hogar supone la pérdida de nuestro ‘lugar en el mundo’.

Anilpa, una mujer afrocolombiana que fue víctima de violencia sexual y obligada a huir del lugar que consideraba su hogar, expresó la pérdida del hogar como la pérdida de la capacidad de auto reconocerse como ser humano: ‘después de la violencia sexual y el desplazamiento no tengo un lugar al cual llamar hogar. Me cuesta reconocerme como ser humano. El desplazamiento y la violencia han destruido parte de lo que yo era como ser humano, parte de lo que soy en el presente y de lo que quería ser en el futuro’. El estrecho vínculo establecido por Anilpa entre el sentido de estar en ‘casa’ y el sentido de percibirse como ser humano, nos recuerda la reflexión the Martin Heidegger cuando sugiere que la disponibilidad de un espacio para vivir es una de las características fundamentales de lo que significa ‘ser un ser humano en el mundo’.

En parte por ello la pérdida del hogar es tan profunda y significativa. María Esperanza, una defensora de derechos humanos que se introduce a sí misma como una abogada empírica, y quien presenció la destrucción de su pueblo dos veces y soportó por doce años la persecución y la violencia, relaciona la experiencia del desplazamiento y la pérdida del hogar con la sensación de estar muerta en vida. Esta mujer, quien inicialmente se desplazó dentro de las fronteras de su propio país y luego se exiló en España, describe el desplazamiento como la experiencia de ser arrancada de sus raíces, tradiciones, costumbres, cultura y forma de vida.

Los impactos de perder el hogar son tan múltiples y difíciles de superar que tanto hombres como mujeres describen la vida sin un lugar llamado hogar como una vida sin sentido desde el punto de vista material y existencial. Ruby, quien fue forzada a abandonar su hogar por primera vez en 1984 y quien desde entonces se ha desplazado varias veces fuera y dentro de las fronteras de su país, señala que el desplazamiento y la consecuente pérdida del sentido de hogar dejan al individuo aislado y deambulando de un lugar a otro. ‘Mi padre vive solo a consecuencia de la guerra, mi esposo fue asesinado y mi hija vive en el exilio. Yo vivo de un lugar para otro sin un lugar al cual llamar hogar. Tengo un techo pero al final del día me encuentro sola. No tengo nadie que se preocupe por mí ni me brinde un abrazo… Llevo más de treinta años en busca de un lugar llamado hogar’.

Pese a los múltiples impactos negativos del desplazamiento y de la pérdida del sentido de hogar, las experiencias de unas pocas personas desplazadas en Colombia dan cuenta que el hogar puede ser reconstruido. Como bien sugiere Maja Korac, mediante estrategias como mantener vínculos con el pasado y reinventarse en el presente, los migrantes forzados pueden reconstruir su hogar en un nuevo entorno. Mateo, quien fue desplazado de su ciudad natal por primera vez en 1987, y desde entonces tuvo que desplazarse dos veces, narró como la violencia y el desplazamiento no solo destruyó el mundo que él conocía en su pueblo natal sino que llamó la atención sobre la capacidad que tenemos los seres humanos de reinventarnos nuevos mundos. Después de dos fallidos intentos de retorno, en el primero fue amenazado por los actores armados y en el segundo tuvo que salir corriendo después del asesinato de su hermano, Mateo cuenta que él comprendió que su hogar necesitaba ser reconstruido en otra parte.

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¿Pero qué significa reconstruir el hogar? Mateo explica que lo primero que hizo fue encontrar un lugar donde vivir. Mateo cuenta que encontró un terreno baldío donde construir un ‘cambucho’ con material de reciclaje y que la primera olla se la regaló un habitante de la calle. Para él fue una experiencia inolvidable que justo quien le tendiera una mano fuera una persona sin hogar. Con los recursos que obtuvo de trabajar como reciclador Mateo no solo ganó autonomía financiera y autosuficiencia alimentaria, sino que adquirió un predio en el que construyó una vivienda.

Al tiempo que reconstruía su ‘mundo material’, Mateo fue reconstruyendo su ‘mundo social’. Mateo contrajo matrimonio con una mujer desplazada por la violencia y juntos tuvieron tres hijos. Su familia, dice él, es muy unida y trabaja por una meta común: ‘trasformar el lugar que habitan en su nuevo mundo’. Ese mundo social, sin embargo, señala Mateo, no puede estar completo si en la casa y en la familia hay alegría, pero todo lo que nos rodea ‘son caritas tristes’. Así que Mateo empezó a trabajar por la comunidad vinculando a sus vecinos al negocio del reciclaje y ayudándoles a construir sus casas con una mezcla de ladrillos y materiales de desecho.

Pese a todos los esfuerzos por hacer de su nuevo lugar un hogar, Mateo y su familia extrañaban la vida campesina del lugar dejado atrás. El aire, el paisaje, el contacto con la montaña y los animales son centrales en el sentido de hogar de quienes escapan de zonas rurales y empiezan una nueva vida en ciudades como Bogotá o Medellín que muchos participantes describen como ‘una selva de cemento’. La creatividad de Mateo y la de su familia para convertir su nueva ciudad en su hogar, sin embargo, no encontraron límites en un paisaje caracterizado por el asfalto, el tráfico, y la contaminación. Mateo cuenta que como no podían llevar su paisaje a la ciudad y llevar el estilo de vida que llevaban en el campo, trataron de recrearlo cultivando plantas, produciendo su propio alimento en una huerta casera y criando cerdos. Reproduciendo prácticas culturales y tradiciones en el nuevo entorno, en el que la reproducción de recetas culinarias del lugar dejado atrás es central para sentirse en ‘casa’, las personas desplazadas en Colombia intentan transformar un espacio que a veces encuentran hostil, en un ‘espacio familiar’.

Las dimensiones material, social, cultural y espacial sin embargo no son suficientes para sentirse en ‘casa’. Mateo y su familia habían progresado en todos esos frentes, pero seguían siendo percibidos por sectores de la sociedad como personas fuera de lugar que debían ‘volver a casa’ una vez terminara el conflicto. La historia de Mateo sugiere que él solo dejo de verse a sí mismo como persona desplazada cuando reconstruyó la dimensión emocional y existencial de su hogar.  Mateo encontró trabajo como guía en un museo que rinde homenaje a la memoria de las víctimas de la violencia. De hecho, fue en ese lugar en que tuve la oportunidad de conocerlo y el privilegio de escuchar sus reflexiones sobre el contenido de pinturas y fotografías que recrean masacres, actos de tortura y desplazamiento forzado de civiles, donde entendí con mayor detalle los impactos emocionales y existenciales del desplazamiento.  Mateo no tenía que memorizar nada, sus explicaciones se nutrían de su propia experiencia como víctima de la violencia y el desplazamiento. Mateo no solo explicaba en gran detalle la historia de cada pieza del Museo, sino que estaba orgulloso de que la gente escuchara lo que él tenía que decir. Cuando le pregunté qué significaba este trabajo en su vida, su respuesta fue contundente. ‘Este trabajo es temporal y el salario simbólico. Sin embargo, este trabajo me ha dado una nueva esperanza. Mi experiencia es valorada aquí. La gente me mira y escucha con respeto, no como si fuera una carga para la sociedad’.

Este trabajo parece haber devuelto a Mateo la dignidad, el sentido se ser uno más en la ciudad sin ser visto como una persona fuera de lugar. Mateo considera el hogar la ‘esencia del ser humano’ y describe como ese trabajo le ha ayudado a reconstruir lo que le hacía falta. El sentirse ‘emocional y existencialmente’ en casa. ‘Yo perdí mi mundo allá, pero he creado un mundo nuevo aquí’. Después de 27 años de desplazamiento, Mateo parece sentirse nuevamente en ‘casa’.

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Pero cuáles son las implicaciones de este trabajo es posiblemente la pregunta que se estarán formulando quienes están leyendo este artículo. Lo que muestra esta investigación es que el conflicto y el desplazamiento frecuentemente resultan en una pérdida del sentido de hogar y que su reconstrucción es un proyecto que puede tomar toda una vida. La mayoría de personas desplazadas entrevistadas en Colombia mencionaron que no tienen un lugar al cual llamar hogar y enfatizaron los impactos materiales y existenciales de no tener ‘un lugar en el mundo’. Aunque tener un espacio al cual llamar hogar podría considerarse una aspiración de todo ser humano, lo que demuestra la investigación es que para aquellos que huyen por la violencia, la búsqueda de un lugar llamado hogar adquiere especial resonancia. Muchos de los que lograron un techo siguen esperando sentirse emocional y existencialmente en ‘casa’. Sus experiencias nos muestran que la reconstrucción del hogar es un tema que requiere el diseño e implementación de políticas públicas. Las personas desplazadas que aportaron con sus historias de vida a esta investigación dan muestras día a día de su creatividad y recursividad para trasformar espacios hostiles en una casa y algunos de ellos logran transformar dicha casa en un hogar. Un poco de reconocimiento del Estado y de nuestra sociedad en su conjunto a dichos esfuerzos y un apoyo material y simbólico a dichas iniciativas podrían rendir frutos muy positivos para que las personas desplazada por la violencia no se sientan como extranjeras en su propia tierra.

La experiencia de perder el hogar no es por supuesto una experiencia exclusiva de quienes huyen por la violencia en Colombia. La misma sensación podría ser encontrada en los millones de personas que huyen del Medio Oriente y Norte de África dentro y fuera de las fronteras de sus países, algunos de ellos poniendo en riesgo su propia vida y la de sus seres queridos durante la travesía por el Mediterráneo. En el fondo lo que esta investigación pone de presente es que las personas desplazadas y refugiadas no solo necesitan techo y comida como parecen dar por sentado los gobiernos y las agencias humanitarias. Las historias de vida de quienes fueron entrevistados en esta investigación revelan que los migrantes forzados necesitan sentirse en su hogar nuevamente. Si nos ponemos por un instante en su lugar, tal vez no solo logremos tener más empatía con el dolor de millones de personas que han perdido su hogar sino tal vez estaremos mejor preparados para aportar un poco en hacer sentir a refugiados y desplazados en ‘casa’.

 

** Este blog se basa en algunas de las reflexiones planteadas por el autor en su investigación de tesis doctoral realizada en el Instituto de Desarrollo Global de la Universidad de Manchester. Más información sobre este proyecto de investigación puede ser encontrada en los siguientes links:

‘The sweet memories of home have gone’: displaced people searching for home in a liminal space, Journal of Ethnic and Migration Studies, 45:9, 1515-1531, DOI: 10.1080/1369183X.2018.1491299

Where the Heart Is and Where It Hurts: Conceptions of Home for People Fleeing Conflict, Refugee Survey Quarterly, Volume 38, Issue 2, June 2019, Pages 139–158, https://doi.org/10.1093/rsq/hdz001

Losing and Remaking Home: Conflict and displacement in Colombia

https://social.shorthand.com/GlobalDevInst/jgks7bGvMf/losing-and-remaking-home.